El Hno Antonio López García-Nieto nos ha visitado recientemente en la casa de Griñón, aprovechando su estancia de unos meses en España. Nos regala esta carta que os presentamos a continuación:
Ayer entré en una casa sencilla, en una calle que lleva el nombre de un profeta de la caridad: la calle del Padre Andrés Coindre. No entré como quien visita un edificio, sino como quien cruza un umbral sagrado. No había incienso ni cantos litúrgicos, pero el suelo ardía como la zarza de Moisés, porque allí Dios estaba pasando.
La casa de acogida de Griñón no tenía tronos ni vitrales, pero al abrirse la puerta se abrió también el Evangelio. Y entendí, sin necesidad de palabras, que hay lugares donde el cielo ha decidido bajar discretamente a la tierra.
Dentro vivían diecinueve personas, procedentes de muchos países, muchas historias y muchas heridas. Tres familias con sus hijos, seis hombres solos, nueve niños que aún no saben poner nombre a sus propios exilios. Venían de Perú, Venezuela, Guinea Conakry, Marruecos y España. Algunos con papeles pendientes, otros con la vida entera aún por ordenar. Todos, sin excepción, con la dignidad intacta de los hijos de Dios.
Los vi uno a uno, y en cada rostro reconocí un reflejo distinto del mismo Misterio.
Vi a Pamela, con Andrea, Antony y Aitana, y pensé en María huyendo a Egipto con sus hijos en brazos.
Vi a Wilmerick y Yeison, con Isabella, Sofía, Youssef y Yulieth, y escuché el clamor de familias que atraviesan desiertos buscando un lugar donde respirar.
Vi a Mariam, con Naby y Moha, y sentí la fuerza silenciosa de las mujeres que sostienen el mundo.
Vi a Mokhtar, Lhcen, Bouchaib y Aymen, de Marruecos, y recordé que Abraham también fue extranjero bajo tiendas prestadas.
Vi a Mamadou, de Guinea Conakry, y vi la paciencia del justo que camina sin ruido.
Vi a Alejandro, nacido aquí pero herido en lo más profundo por una historia rota, y comprendí que también hay exilios interiores, más difíciles aún que los geográficos.
Y entonces resonó con fuerza en mi interior una palabra antigua, siempre nueva:
“Fui forastero y me acogisteis…
cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños,
a mí me lo hicisteis.” (Mt 25, 35-40)
Ayer vi a Dios.
No como idea, no como concepto, no como discurso.
Lo vi encarnado, vulnerable, esperando.
Lo vi con nombres propios, con acentos distintos, con manos abiertas y con historias en proceso.
Pero no vi solo a Dios.
Vi también a sus Ángeles.
No tenían alas ni aureolas. Vestían ropa de trabajo, llevaban carpetas, teléfonos, llaves, herramientas. Sus nombres eran conocidos y pronunciables.
Allí estaba Patricia Cerezo, presencia constante, como un ángel del día a día: organizando, acompañando, sosteniendo, resolviendo conflictos pequeños y grandes. No hace milagros espectaculares, pero mantiene el milagro cotidiano de que la casa funcione, de que la vida no se rompa.
Y estaban los miembros de las Comunidades Laicas Corazonistas, turnándose, organizándose, acompañando procesos largos y complejos. Algunos como tutores personales; otros ayudando a rellenar formularios imposibles; otros buscando profesores de español, trabajos dignos, soluciones materiales; otros acompañando ante oficinas y autoridades. Todos sosteniendo sin invadir, ayudando sin sustituir, guiando sin anular.
La casa estaba admirablemente organizada. No como una institución fría, sino como una pedagogía del corazón. Todo estaba pensado para ayudar sin crear dependencia, para acompañar sin quitar responsabilidad, para sostener mientras se aprende a caminar solo. La regla era clara y profundamente evangélica: ayudar en lo necesario, pero no reemplazar la libertad ni la responsabilidad del otro.
Era una escuela de autonomía, de dignidad, de esperanza.
Ayer vi a los Ángeles de Dios en acción.
Vi las manos de Dios trabajando pacientemente la historia humana.
Llegué acompañado de José Ignacio García y Paloma García, con sus dos hijas pequeñas, y también estaba Fernando Foncillas, que había pasado el día entero arreglando la calefacción. Y comprendí que el Reino de Dios se construye también con llaves inglesas, tornillos y horas silenciosas de servicio.
Nada más llegar, participé en una reunión difícil. Uno de los jóvenes había vivido una situación grave, había sido apartado durante tres días, y regresaba a la casa. El momento era delicado. El riesgo era grande. Y, sin embargo, lo que sucedió fue pura parábola.
José Ignacio y Paloma acogieron a aquel joven con una mezcla perfecta de verdad y misericordia. Le pusieron límites claros, sí. Le recordaron las normas, sí. Pero lo hicieron con un amor tan limpio, tan firme y tan humano, que parecía que otra Voz hablaba por ellos. Yo no sabía si escuchaba a Jesús o al Padre Coindre, pero supe que escuchaba al Evangelio vivo.
El joven fue acogido no como problema, sino como persona. No como caso, sino como hermano. Y vi en sus ojos algo que pocas veces se ve: la certeza de ser amado aun cuando se ha fallado. Era la oveja reencontrada. Era el hijo pródigo abrazado antes incluso de terminar su discurso.
Y entonces lo comprendí todo.
Lo que estaba viendo no era solo una obra social.
Era una continuación histórica de un carisma.
Era el Pío Socorro de hoy.
En 1818, en Lyon, el Padre Andrés Coindre abrió las puertas de la Providencia del Pío Socorro para acoger a jóvenes exprisioneros, huérfanos, abandonados, destinados a la delincuencia. No los salvó con discursos, sino con presencia, educación, amor y exigencia. Les devolvió un futuro.
Ayer, en Griñón, vi lo mismo, dos siglos después.
El mismo Espíritu.
El mismo Evangelio.
El mismo Dios que sigue bajando a las periferias.
El mismo carisma.
Por eso puedo decirlo sin miedo, con temblor y gratitud:
He visto a Dios y a sus Ángeles.
Y estaban viviendo juntos,
bajo un mismo techo,
en una casa humilde,
en una calle con nombre profético.
Antonio López García-Nieto, SC
